lunes, 11 de enero de 2016

Llegar virgen al matrimonio arruinó mi vida. No cometas el mismo error

Desde pequeños hemos sido educados bajo la creencia de que para recibir el amor de Dios, debes seguir ciertos mandamientos. Se nos habla de lo bueno y lo malo, de lo que debes o no hacer e incluso.

se nos impone un modo de vivir que según la iglesia, nos conferirá seguridad y paz eterna, pero ¿Qué sucede cuando la voluntad escapa a dichas imposiciones? ¿Qué pasa cuando en tu vida suceden cosas que nadie jamás te dijo que ocurrirían? ¿Qué  pasa cuando la “la voluntad y recompensa” de Dios son completamente distintas a lo que siempre te prometieron?

Esto fue lo que le pasó a nuestra lectora, quien a travez de esta carta, quiere compartir con todos nosotros su experiencia… 

“Cuando era una niña mi madre solia llevarnos a mis hermanos y a mi a la iglesia, no puedo recordar una semana en la que no hayamos asistido, ella decía que eso era lo que Dios quería y que nosotros debíamos seguir su voluntad… Cuando comencé a crecer, Mamá comenzó a explicarme cosas que sucederían con mi cuerpo y junto con ello me hablo de la importancia de llegar pura al matrimonio, haciéndome prometerle que yo actuaría conforme a lo que la iglesia pedía. 

Cuando esto sucedió yo tenía 11 años; aún jugaba con muñecas, a la comidita,  los niños me daban asco, pensaba que me quedaría eternamente al lado de mis padres, mis pechos lucían como cuando iba al preescolar  y todavía no me llegaba mi primer periodo, era una niña…

Conforme fue pasando el tiempo la obsesion de mis padres con el tema parecía ir en aumento, tanto que mamá buscaba hasta la más mínima posibilidad de recordarme aquella promesa y  recalcarme que las mujeres que no llegaban puras al matrimonio vivirían en eterno pecado mortal, por lo que me iría directo al infierno.

 Luego de escucharlo tantas veces, no solo me aferre a esa idea, sino que también decidí que cuando ese día llegara mi tarea sería dedicarme a mi esposo en cuerpo y alma, perdonaría todos sus pecados, incluso si él ya venía manchado con el pecado, pues finalmente yo sería el corazón de aquel hogar y quien haría salva a mi familia, aunque debo confesar, que llegue a pensar que por esto, mi marido me querría aun más y seríamos felices eternamente.

El tiempo paso y finalmente conocí al “amor de mi vida”, quien luego de haber respetado mi decisión y tras un año de bonito noviazgo, me pidió que fuera su esposa. Yo estaba feliz, me case de blanco, tuve una hermosa fiesta, complací a mis padres y al mismo tiempo había cumplido cabalmente con la voluntad de Dios, lo que según las enseñanzas de mi iglesia, me garantizaba un matrimonio para toda la vida. 

La fiesta terminó y mi esposo y yo nos dirigimos a nuestra sagrada noche de bodas. Al llegar al hotel, los nervios comenzaron a perseguirme, no sabía cómo actuar, qué decir, ni como debía moverme. Debo confesar que mi esposo parecía tener mucha experiencia y que a pesar de que yo mostraba dolor el parecía que solo buscaba complacer sus ansías. 

Al terminar, él solo se dio la vuelta y se quedo profundamente dormido. Yo estaba asustada y un vacio tremendo rodeo todo mi ser, me sentía sucia y en pecado; A pesar de que él estaba  a mi lado, me sentía completamente sola y un sentimiento de angustia que me hacia querer salir corriendo de la habitación se apodero completamente de mi, así que tan solo me cubrí por completo, le di la espalda y llore hasta quedarme dormida.

 No me sentí bendecida ni tampoco hubo felicidad, desde ese momento, cada que llegaba la noche sentía temor y pedía a Dios para que él no me tocará, pero como su esposa estaba obligada a complacer todos sus deseos o por lo menos eso era lo que yo creía.

Con el paso del tiempo, comencé a verlo como una obligación y no como un acto que se disfrutara. A los 5 meses quede embarazada de mi primer hijo y dos años más tarde otro ser se unió a la familia. 

A los 4 meses del nacimiento de mi segundo hijo, descubrí la infidelidad de mi esposo, algo que perdone por mis hijos, sin embargo, un año más tarde, lo volví a descubrir con otra mujer, por lo que aún sobre la voluntad de mis padres, quienes me aconsejaban que lo perdonara, nos divorciamos. 

Llegue pura y casta al matrimonio y no obtuve ninguna recompensa, el “amor de mi vida” ese hombre por el que me conserve por 25 años, me traicionó y nuestro  matrimonio, ese que la iglesia me dijo que sería para siempre solo duro 4 años. Ahora tengo 29 años, soy una mujer divorciada y trabajo para sacar adelante a mis dos hijos para los cuales mi ex esposo no me da nada.

Llegue pura a mi noche de bodas como lo prometí y no tuve un esposo grandioso. Aunque no me arrepiento de haberme casado ya que ahora tengo a dos hermoso hijos, me arrepiento de haber creído en tantas palabras. Ya no voy más a la iglesia y es obvio que no puedo recuperar el tiempo, por lo que ahora  procuro disfrutar mi vida y vivir en completa libertad. 

Si tú estas pasando por algo similar, si aún no te has casado o cometido el mismo error que yo, NO permitas que otros vivan a través de ti, haz lo que quieras cuando quieras y disfruta. La  eternidad o el amor verdadero no dependen de tu castidad, sino de ti misma, vive tu vida y comete tus propios errores, no dejes que otros decidan y vivan a través de tu cuerpo.” Anónima…

¿Qué opinas al respecto?

2 comentarios:

  1. Su error no fue vivir con castidad, sino el no haberse dado cuenta del patán con quien se casó.

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  2. El que hayas sabido llegar virgen al matrimonio demuestra tu verdadero valor, déjame decirte que mereces toda la admiración del mundo porque eres de una especie que ya no se encuentran a la vuelta de la esquina. No permitas que el que tu esposo haya sido un tonto (por no emplear peores palabras) te comiences a dar un valor más bajo de lo que es tu verdadero valor, recuerda que los marranos sólo comen y cagan pero no conocen la belleza del arte y tu eres una exquisita obra de arte de valor incalculable. El valor te lo das tu misma y no permitas que alguien más venga a querer ponerte un precio inferior. Si alguien no conoció tu verdadero valor, ya vendrá alguien que sí esté dispuesto a valorarte

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